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domingo, 26 de abril de 2009

Curso Taller Epigrafía Maya 1: el registro del tiempo en el mundo maya



La historia de Mesoamérica en general y el área maya en particular presenta diversas posibilidades de estudio. Una de ellas es la referente a las inscripciones que se encuentran en diversos monumentos y que muestran tanto el registro del tiempo como el de la escritura (zona de Oaxaca, Veracruz-Tabasco y la zona maya), resultado de una forma de expresión intelectual sumamente compleja. Los mayas dejaron constancia del uso calendárico y de una escritura única, mayoritariamente inscrita en materiales duros; de ahí que su estudio esté desarrollado por la epigrafía en clara diferencia a la paleografía. Sin embargo, la escritura maya no sólo está registrada en materiales duros como es la piedra de los monumentos y estelas, sino también se encuentra en la cerámica y la pintura mural, en los dinteles de madera del chicozapote, y en los tres (o cuatro, si se decide la veracidad del debatido Códice Grolier) códices mayas que sobrevivieron a los embates de la degradación del tiempo y de la historia.

La ardua tarea de descifrar la escritura maya comprende una larga historia que aún no termina, pues cada día estudiosos de todo el mundo obtienen nuevas lecturas de glifos que amplían el horizonte del conocimiento de una cultura por demás impresionante. El presente curso está dividido, por ende, en dos partes. El curso uno pretende dar a conocer los aspectos generales de la cultura maya para después centrarse en el estudio de la escritura maya como actividad académica realizada por los epigrafistas (arqueólogos, lingüistas, historiadores, etc.) y abarcar in extenso los diversos aspectos del registro del tiempo: cómo están conformados los diversos calendarios, de qué partes constan, cómo se identifican los diversos glifos y numerales, y cómo funcionaron. Así como la metodología correspondiente para identificar los glifos calendáricos. Comenzamos el estudio por los registros calendáricos ya que en el mundo maya éstos fueron de vital importancia; de hecho, las inscripciones mayas en los monumentos y códices, casi en todos los casos, comienzan con el registro del tiempo para proseguir con una “narración” de hechos mítico-religiosos o históricos; además de ser un primer acercamiento a los glifos mayas y a las inscripciones. En el curso 2, continuando con esta separación, nos dedicaremos propiamente a revisar la escritura maya y su forma de registro en monumentos, estelas, cerámica, pintura mural y códices. Para ello se explicará el método estructuralista que se utiliza; además de abordar de manera general el otro apoyo metodológico para su estudio: la iconografía maya.

Temario e información adicional sobre objetivos y metodología del curos: http://mx.geocities.com/kulturunea/Curso.pdf

domingo, 22 de marzo de 2009

Espacio-tiempo ¿una sola forma de comprenderlo?



Manuel Gerez del Río

La concepción que tienen las diversas sociedades sobre el transcurso del tiempo ha sido tema de diversas investigaciones. La comprensión de las ideas que sobre el tiempo imperaban en la América precolombina al momento de la Conquista, nos permitirá comprender mejor el papel que se le da al hombre en su devenir histórico.
En la cultura occidental, la idea del tiempo es herencia de las nociones judeo-cristianas de principio y fin, por lo que el tiempo se sucede en forma lineal. A partir de entonces, y a través del desarrollo de la civilización occidental, a esta noción de temporalidad se sumó la idea de que el tiempo es progresivo. La lectura de la historia, en consecuencia, se presenta como una progresión, una suma de conocimientos y de progresos escalonados del ser humano hasta el presente, que se supone “indudablemente” mejor que los tiempos pasados y que presupone un futuro promisorio gracias a la tecnología y al bienestar del libre consumo. La idea capitalista del tiempo asume la negación del pasado pues sólo el presente y el futuro permitirán los logros de la felicidad del hombre a través del progreso. Sin embargo, si nos detenemos a analizar las realidades de la modernidad, podemos comprobar que no siempre el pasado ha sido peor. Por supuesto no quiero dar una falsa idea de que el pasado es mejor que el presente, puesto que estaría falseando la realidad. No obstante, debemos tomar en cuenta que la modernidad formula falsas visiones o realidades parciales.
Entre los habitantes de Mesoamérica, la idea del tiempo no era lineal sino cíclica. Después de todo, la sucesión de los días, meses y estaciones aparece una y otra vez. Y es lógico. Nosotros aún tenemos una negada idea cíclica del tiempo. Basta con mirar un reloj de manecillas: el tiempo se sucede en ciclos. Los días se repiten cíclicamente así como los meses y el día y la noche. La idea cíclica entre los indígenas de Mesoamérica no funcionaba como determinismo ni fatalismo del eterno retorno. El ciclo evitaba negar el pasado. Esto permitía que los eventos históricos que se desarrollaban en un momento dado podían “acomodarse” en un registro del tiempo determinado a posteriori para “ajustarlo” a las profecías. La realidad se explica por medio de un sistema que enriquece el conocimiento del pasado con el presente. El sistema se entendía como una sucesión de turnos y cargas que implicaba tanto al espacio-tiempo como la participación activa de las deidades y la sociedad.
Entre los Incas, el tiempo estaba arriba o abajo (hana y huri), no adelante y atrás como lo concebimos, y existía un no tiempo: 37 días que no estaba contabilizados pues eran inútiles. El arriba y el abajo no se excluían, podían coexistir. El pasado estaba presente en el mundo actual. El pasado formaba parte del geomundo: los elementos antiguos estaban presentes, pues formaban las montañas, las piedras, los ríos. El espacio y el tiempo determinaban el orden del Universo, ya que éste variaba de acuerdo al hana o huri y los pachacuti (cataclismos que invertían el orden de la sociedad). Así, los eventos históricos importantes provocaban un pachacuti. Había sucedido en el pasado, cuando el Inkarri dominó la sociedad pre-inca. Sucedió de nuevo cuando los españoles conquistaron el Perú, cuando derrotaron al Inkarri y todo quedó al revés. La vuelta del Inkarri, cuando se junten las partes de su cuerpo, diseminadas por los conquistadores por el territorio andino, asegurará la vuelta al orden, una inversión nueva del territorio donde los indígenas recobrarán el poder, sus creencias y sus tradiciones.
¿Cómo lograr entender la ruptura que se generó al momento de la Conquista cuando se impuso la idea lineal del tiempo? ¿Realmente se comprende el tiempo así o en la realidad los indígenas siguen concibiendo el tiempo en forma cíclica, como se percibe en algunas ceremonias o en el registro calendárico persistente entre los mayas contemporáneos? ¿Y los descendientes de los Incas? Después de todo, se sigue esperando la vuelta del Inkarri y el nuevo pachacuti.

jueves, 5 de febrero de 2009

In Atl In Tlachimolli: la resistencia cultural.

Manuel Gerez del Río

La idea totalitaria de la historia ha perpetrado interpretaciones de hechos históricos errados que han pasado al presente como verdades absolutas. Muchas de las ideas que tiene el común de la gente con respecto a la Historia de México no es otro más que la construida en el siglo XIX bajo la lupa del nacionalismo mexicano. Así, diversos aspectos de la historia mexicana se vanaglorian, satanizan, niegan o reformulan bajo la construcción meta histórica de ese siglo.
Los ejemplos son varios; los atributos antagónicos señalados a Motehcuzoma y a Cuauhtémoc: uno, débil, dubitativo y entregado; otro, líder de la resistencia y guerrero que luchó por mantener la independencia de México-Tenochtitlán (en realidad, de las prerrogativas de la élite mexica).
Otro, la cuestión de la cristiandad de los indígenas. Para Occidente, el catolicismo indígena está apenas conformado por un ligero barniz que encubre toda una gama de “supersticiones” cuyo origen se rastrea en los “mitos” y creencias prehispánicas. Esta suposición de una mala conversión de los indígenas a la fe católica parte de esa idea de totalidad: la negación del otro a partir de la realidad que el Occidente conoce. La diferencia no radica en la realidad de la creencia o en qué tan cristiana es una u otra sociedad, sino en los sistemas de pensamiento que se oponen.
Para los indígenas la historia se concibe como una serie de ciclos. Estos ciclos, al contrario de lo que comúnmente se cree, no son deterministas. La capacidad del pensamiento cíclico indígena permite nutrir al sistema de creencias o a la historia de nuevos elementos. Estos pueden incluso ser las semillas de la resistencia cultural, pues permite una adecuación intrínseca frente a los cambios: se vale de ellos y los integra. Así, por ejemplo, en un texto de los señores de Tlaxcala, éstos se muestran sorprendidos de que Cortés quiera imponer al dios cristiano desplazando a sus dioses; al menos en el centro de Mesoamérica era costumbre integrar las deidades de los pueblos conquistados al panteón del vencedor. La idea de la divinidad católica y sus santos (a fin de cuenta otros elementos sacros) se integran a la idea del dios patrono y de los dioses, tanto del altépetl como de cada calpulli, que veremos en la iglesia principal y las ermitas de barrio.
¿Qué pasa cuando los frailes construyen los templos sobre zonas sagradas? En los elementos “secundarios” de las iglesias del siglo XVI encontramos en realidad un continuum entre el pensamiento religioso prehispánico y la novedad de los templos católicos. Los murales de Ixmiquilpan, por ejemplo, pintados entre 1571-1580, convierten a la iglesia en un verdadero teocalli, a pesar de la distancia de la Conquista, a pesar de los años de evangelización y a pesar del conocimiento de los frailes sobre las creencias antiguas.
La idea del indígena con respecto al templo católico es la continuidad del teocalli, de la Montaña Sagrada, el Coatépetl. Los datos son significativos: la deidad Cristo-Sol frente al Sol-Águila y el sacrificio humano; las flores, imagen de lo sacro y de la guerra florida; las pilas bautismales frente a los cuauhxicalli donde se ponían los corazones. En la portería de Huejotzingo, los arcos muestran los glifos de agua y fuego: el sacrificio sagrado, la metáfora In Atl In Tlachimolli.
Si pensamos que esto sucede en las iglesias fundadas en las cabeceras de los altépetl donde los frailes vivían, ¿qué podemos esperar de aquellos sitios mucho más alejados o aquellos que fueron fundados sobre los antiguos santuarios indígenas?

Publicado en Libertad de Palabra http://www.libertaddepalabra.com

miércoles, 21 de enero de 2009

Un gaitero en tierras otomíes


Por Manuel Gerez del Río

El contacto, violento o no, en el momento de la Conquista y tras de ella la colonización de América por los europeos, trajo consigo una importante y única serie de cambios culturales conocidos como mestizaje. El proceso de mestizaje es muy desigual, algunas cosas fueron adoptadas, y modificadas en su caso, en forma rápida; en otros casos, las formas culturales jamás lograron ni su inserción ni su modificación y fueron desechadas; algunas expresiones culturales suponemos que nunca existieron, pero ¿no lo fueron o es que se perdieron en ese “proceso de selección cultural”?
El convento de Ixmiquilpan, un edificio agustino de 1550, está localizado en la zona otomí del estado de Hidalgo. Cuando pensamos en Ixmiquilpan nos llega a la mente las fascinantes pinturas murales que se encuentran dentro de la iglesia, ejecutadas por artistas indígenas en la década de 1571-1580 y que presentan un interesante programa iconográfico dedicado a la guerra como continuum de un evento sacro para mantener el orden cósmico.
Pero en las paredes del convento de Ixmiquilpan hay diversidad de temas representados. Llama la atención una pintura que se encuentra en la testera norte del pasillo de la planta baja del claustro. Es una imagen de la Adoración de los pastores al Niño.
Esta representación fue muy común en Europa al menos desde la Alta Edad Media: el pesebre con la Sagrada Familia está rodeada de personajes extraídos del campesinado europeo de la época. Aparece un elemento que se convertirá en un icono asociado a este grupo social: la gaita. Este aerófono, compuesto por un odre, una o dos flautas con doble caña y uno o varios tubos que dan una nota pedal a través de una caña sencilla, está representado en la pintura de Ixmiquilpan: la representación de un actor social europeo y de un instrumento que le da su significado lo encontramos inserto en un medio humano-cultural totalmente ajeno.
¿Por qué llama la atención? Naturalmente no es el único icono europeo que está representado y que no existió en América; sin embargo, cabe preguntarnos si en realidad un instrumento tan popular en Europa “nunca” existió en el Nuevo Mundo, o bien si es que sí lo hizo pero nunca logró librar la dinámica de selección del mestizaje cultural. Los diversos instrumentos que los españoles trajeron fueron rápidamente acogidos al uso cotidiano o festivo tanto de los indígenas como de la sociedad colonial que se gestaba. Pero la gaita, no. Al menos eso sabemos hasta el momento.
El gaitero de la zona otomí, a pesar de su localización, no estaba vedado a los ojos de los indígenas. Los indios principales tenían acceso a esta zona, al igual que sus hijos, quienes desde la infancia pasaban buena parte de su vida bajo la educación de los frailes, además de otros indios al servicio del convento. Por otro lado, muchos frailes y pobladores provenían tanto del norte de España como de zonas de Castilla y Portugal donde la gaita era un instrumento popular, así que seguro formaba parte de su bagaje cultural. ¿Por qué, entonces, no tuvo arraigo?
Varios casos en la historia nos han mostrado que la inexistencia de alguna cosa en un momento temporal no implica que jamás haya existido. Después de todo, la información que tenemos de las sociedades del pasado es muy escasa y fragmentada. El gaitero de Ixmiquilpan puede ser un ejemplo de la infinidad de conocimientos que se perdieron irremediablemente en el laberinto del tiempo.

Publicado en http://www.libertaddepalabra.com el 25 de enero de 2009

domingo, 11 de enero de 2009

Curso-Taller de Epigrafía Maya 1: el registro del tiempo en el mundo maya


La historia de Mesoamérica en general y el área maya en particular presenta diversas posibilidades de estudio. Una de ellas es la referente a las inscripciones que se encuentran en diversos monumentos y que muestran tanto el registro del tiempo como el de la escritura (zona de Oaxaca, Veracruz-Tabasco y la zona maya), resultado de una forma de expresión intelectual sumamente compleja. Los mayas dejaron constancia del uso calendárico y de una escritura única,
mayoritariamente inscrita en materiales duros; de ahí que su estudio esté desarrollado por la epigrafía en clara diferencia a la paleografía. Sin embargo, la escritura maya no sólo está registrada en materiales duros como es la piedra de los monumentos y estelas, sino también se encuentra en la cerámica y la pintura mural, en los dinteles de madera del chicozapote, y en los tres (o cuatro, si se decide la veracidad del debatido Códice Grolier) códices mayas que sobrevivieron a los embates de la degradación del tiempo y de la historia.
La ardua tarea de descifrar la escritura maya comprende una larga historia que aún no termina, pues cada día estudiosos de todo el mundo obtienen nuevas lecturas de glifos que amplían el horizonte del conocimiento de una cultura por demás impresionante. El presente curso está dividido, por ende, en dos partes. El curso uno pretende dar a conocer los aspectos generales de la cultura maya para después centrarse en el estudio de la escritura maya como actividad académica realizada por los epigrafistas (arqueólogos, lingüistas, historiadores, etc.) y abarcar in extenso los diversos aspectos del registro del tiempo: cómo están conformados los diversos calendarios, de qué partes constan, cómo se identifican los diversos glifos y numerales, y cómo funcionaron. Así como la metodología correspondiente para identificar los glifos calendáricos. Comenzamos el estudio por los registros calendáricos ya que en el mundo maya éstos fueron de vital importancia; de hecho, las inscripciones mayas en los monumentos y códices, casi en todos los casos, comienzan con el registro del tiempo para proseguir con una “narración” de hechos míticoreligiosos o históricos; además de ser un primer acercamiento a los glifos mayas y a las inscripciones. En el curso 2, continuando con esta separación, nos dedicaremos propiamente a revisar la escritura maya y su forma de registro en monumentos, estelas, cerámica, pintura mural y códices. Para ello se explicará el método estructuralista que se utiliza; además de abordar de manera general el otro apoyo metodológico para su estudio: la iconografía maya.
El curso está diseñado para 8 sesiones, dos veces a la semana, de una y media horas. El curso es práctico y estará apoyado con lejercicios presenciales y no presenciales de diversas inscripciones, lecturas, textos complemetarios. Informes: Museo de la Ciudad y al correo ikasi@prodigy.net.mx Inicio: Febrero 2009

lunes, 24 de noviembre de 2008

El registro del tiempo en Mesoamérica.

Por Manuel Gerez*




Uno de los logros intelectuales más fascinantes de la historia de la humanidad es el registro del paso del tiempo y la construcción religiosa que se desprende de ello. En él intervienen la observación y la acumulación de conocimiento a través de miles de años. No es por demás que a los registros calendáricos mesoamericanos se les considere uno de los logros culturales más importantes de las naciones indígenas.
El calendario determinaba la vida cotidiana e institucional en el mundo prehispánico. Todo, desde el nombre de un niño hasta el inicio de la guerra, el comienzo de la siembra y la cosecha, estaba determinado por la lectura del calendario y la observación del cielo. Sin embargo, no debemos considerar el registro calendárico como la única concepción del tiempo: el paso del tiempo es el movimiento de los dioses en el espacio sagrado y éste no sólo lo conforma el cielo sino la tierra (el altépetl como centro del universo). Elementos de la geografía, particularmente elevaciones (cerros, lomas o montañas), sirven de marcas para el cálculo de sol (por ende del tiempo) en las observaciones astronómicas. En ocasiones, en estas zonas que marcan la salida del sol en determinado año vistas desde un lugar fijo que sirve como observatorio, se erigen estelas o monumentos. La labor de la arqueoastronomía nos ha aportado varios trabajos donde se acentúa la importancia del espacio geográfico en las observaciones astronómicas.
Cada elemento que conforma el calendario es, además, una deidad en sí misma: números, plantas, animales, colores, contienen un significado sagrado y una carga positiva o negativa que tendrá incidencia en la vida humana. Su orientación hacia algún punto del universo y la combinación entre los diversos elementos que lo componen, determinará tiempos de calamidades, de sequía, de conquistas, de expansión, de dominio, de bonanza, de enfermedades.
El calendario era compartido por todos los pueblos mesoamericanos, desde Costa Rica hasta Nayarit. Estaba conformado por la denominada “cuenta corta”, “rueda de calendario” o xiuhmolpilli (atadura de los años); en realidad son dos registros calendáricos distintos: el calendario sagrado de 260 días y el calendario solar de 360 días más 5 días nefastos. La combinación de cada uno de los elementos de ambos calendarios en la rueda calendárica, registraba un ciclo de 52 años o 18 980 días: el denominado siglo mesoamericano. El ciclo se completaba al dar toda una “vuelta”; es decir, todos los elementos caminaban por los cuatro cuadrantes del universo (véase por ejemplo el Códice Madrid) sin repetirse durante 18 980 días. El problema es que un registro de este tipo, correspondiente a decir por ejemplo viernes 3 de agosto, no determina de qué año se habla. Así el viernes 3 de agosto se repite cada 52 años sin indicarnos si es del año 896 o del 1234, por poner un ejemplo.
El origen del calendario sagrado de 260 días (13x20=260) llamado tonalpohualli o tzolk’in es incierto. Algunos investigadores han determinado que en la latitud 15° N, la distancia de los dos pasos del sol por el cenit corresponde a 105 y 260 días, respectivamente. Existen dos ciudades prehispánicas de una asombrosa tradición astronómica: Copán e Izapa que se encuentran en esta latitud. Sin embargo, la documentación con que contamos hasta ahora indica que el registro del calendario de 260 días no proviene de esa zona sino del Valle de Oaxaca, donde contamos con una inscripción del 600 a.C. en San José Mogote, seguida de Monte Albán que presenta ya inscripciones con el calendario solar.
Como decíamos, la rueda de calendario funciona mediante el paso secuencial de ciclos. Los arqueólogos idearon, para su comprensión, la representación de cada componente como una máquina de engranes. Al engrane más pequeño le corresponden los numerales del tzolk’in del 1 al 13. Este se conecta con cada uno de los 20 meses que formaban el tzolk’in (Imix, Ik’, Ak’bal, Kan, Chikchan, Kimi, Manik’, Lamat, Muluk, Ok, Chuwen, Eb, Ben, Ix, Men, Kib, Kaban, Etz’nab, Kawak, Ahaw). Así tendríamos el registro del calendario sagrado: 1 Imix, 2 Ik’,…, 13 Ben, 1 Ix, 2 Men, etc. El siguiente engrane son los numerales del haab (ciclo de 365 días o 18x20+5) que iban del 0 o portador del mes al 19, para conectarse finalmente con el último engrane que corresponde a los 20 meses del haab (Pohp, Wo, Sip, Sotz’, Tzek, Xul, Yaxk’in, Mol, Ch’en, Yax, Sak, Keh, Mak, K’ank’in, Muwan, Pax, K’ayab, Kumk’u y Wayeb –el mes de 5 días nefastos, en náhuatl nemontemi). La secuencia del haab sería 0 Pohp, 1 Pohp, 2 Pohp,…, 19 Pohp, 0 Wo, 1 Wo, etc. Enlazados los engranes, la rueda de calendario combinaría ambos registros y tendríamos fechas como estas: pongamos la fecha de 6 Ik’ 0 Pohp. El día siguiente será 7 Ak’bal 1 Pohp, luego 8 Kan 2 Pohp… cuando se llega al 13 Muluk 7 Pohp el siguiente día será 1 Ok 8 Pohp, puesto que los numerales del calendario sagrado llegan a 13, mientras que los del haab llegan a 19. Así continúa hasta 12 Imix 19 Pohp y el día siguiente sería 13 IK’ 0 Wo.
Cada año comienza sólo con alguno de los 4 portadores de año, que varían entre el Clásico y el Posclásico. Los portadores o años dominicales más antiguos en la zona maya corresponden a Ik’, Manik’, Eb y Kaban, mientras que en los códices el grupo más representado es el de K’an, Kib, Lamat, Ahaw y Eb. El uso de los portadores es determinante en las creencias religiosas mesoamericanas, pues son éstos los que determinan si el año será benéfico o trágico.
Si bien la cuenta corta es compartida en toda Mesoamérica, al principio de nuestra era aparecen en la zona del sur del Golfo de México y en las costas del Pacífico en Guatemala y Chiapas el registro de inscripciones calendáricas que pertenece a la cuenta larga. Los registros más antiguos de los que hasta ahora tenemos noticia, provienen de la Estela 2 de Chiapa de Corzo (36 a.C.) y la Estela de Tres Zapotes (31 a.C.) El hecho que estos sean los vestigios arqueológicos con inscripciones de cuenta larga más antiguos, no implica que su uso pertenezca a este periodo. Se ha supuesto que los elementos de la cuenta larga en realidad provienen de conocimientos que surgieron durante el Periodo Formativo o Preclásico Medio (1200-400 a.C.) en una zona tan amplia como el sur de Veracruz y Tabasco, Oaxaca y la costa de Chiapas y Guatemala en el Pacífico.
La cuenta larga que utilizaron los mayas permitía fijar una fecha en un ciclo que había comenzado el 13 de agosto de 3114 a.C. o 13.0.0.0.0 4 Ahaw 8 Kumk’u (la denominada Fecha Era). Esta cuenta estaba formada por una serie de ciclos cuya combinación nos puede remontar a fechas míticas, pues registra millones de años en el pasado (por ejemplo en Palenque hay registros de la creación del Universo o del nacimiento de la Tríada –los dioses GI, GII y GIII). Su funcionamiento es complicado, ya que debemos tomar en cuenta que el sistema matemático maya era vigesimal y posicional. La cuenta larga está conformada por la sucesión de varios ciclos; cada ciclo está formado por una cantidad de días determinados a los que se multiplica por números del 1 al 13 o del 1 al 20, según el ciclo. Pongamos por ejemplo la Fecha Era: a la Rueda de Calendario (4 Ahaw 8 Kumk’u) le preceden una serie de posiciones que están en ceros hasta llegar al 13. Cada uno de esos números corresponde a una posición en el calendario que registra un determinado número de días que han transcurrido desde la Fecha Era. Nuestro registro de 13.0.0.0.0 comenzando de izquierda a derecha (en los códices sería de abajo hacia arriba) corresponde a K’in (un día), Winal (un mes o veintena), Tun (un año o 360 días), Katun (20 años o 7200 días), Baktun (400 años o 144 000 días). Así, se leería 13 Baktun, 0 Katun, 0 Tun, 0 Winal, 0 K’in, 4 Ahaw 8 Kumk’u.
Los mayas nos sólo registraban el paso de los días desde esa Fecha Era. Tenemos inscripciones que llevan la cuenta minuciosa de lunaciones, eclipses, el ciclo de Venus y un registro de 819 días, del que desconocemos aún su funcionamiento.


*Publicado en Libertad de Palabra (http://www.libertaddepalabra.com/) el 24 de noviembre de 2008.